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¿Crisis de la política o de la democracia? |
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25.01.06- ¿La crisis de la política es un hecho demostrado? ¿Es la democracia incapaz de resolver la crisis de la política? ¿O es la misma democracia la que provoca la crisis de la política?
La respuesta fácil, “de botepronto”, es que sí a las tres preguntas o a cada una por separado. Sin embargo, la complejidad de la política y, sobre todo de la democracia, exige un análisis más acucioso que no se encuentra al alcance de todos los que en los medios hablan o escriben sobre política.
Muchos de los que se refieren persistentemente a una gran crisis de la política, hacen referencia continua a los países democráticos, y dejan de lado a sistemas autoritarios como China, Cuba o Corea del Norte, o teocráticos como la mayor parte de los países islámicos.
Algunos de los más encarnizados críticos de la democracia posmoderna occidental (cualquier cosa que eso signifique), siguen pensando románticamente en el modelo estético del clasicismo, como si un equilibrio natural pudiese ser establecido para siempre entre poderes y contrapoderes, entre elitismo y democracia, entre izquierdas y derechas (con todas las dificultades que entrañan las definiciones de estos conceptos de geometría política), entre acción colectiva y acción individual, entre permanencia y cambio político, entre conservadurismo y liberalismo, etc.
Se afirma que la encuestomanía y los medios masivos de información cambian la naturaleza de la democracia. Y el dinero. Y la diversidad cultural. Y las “percepciones colectivas”. Y las minorías beligerantes. Y las creencias religiosas. Y la “partidocracia”. ¿Nos podemos pasar de los partidos para hacer democracia? ¿El regreso a lo local, la emergencia de un “nuevo elector”, alteran las reglas del juego político o crean condiciones para nuevas reglas?
¿Es lo mismo crisis que tensión? Hay quienes afirman que cuando un órgano del sistema político está enfermo, todo el organismo es tocado y la crisis es entonces inevitable. La verdad es que la democracia, cuando es real, se alimenta de su propia crítica y se encuentra en tensión permanente. Ella es capaz de soportar la enfermedad de uno o varios órganos, a condición de que el organismo entero acuda solidariamente a sanarlos.
Es cierto que a la gente común le gusta la simplicidad de las cosas. Es cierto también que la sencillez de los equilibrios y de las simetrías es deseable en la vida toda, pero si le creemos a Edgar Morin, (1) es necesario habituarnos, en este mundo posmoderno muchas veces desconcertante, a pensar y, lo que es aún más importante, a vivir en la complejidad. Visto todo ello, podemos afirmar que el sistema democrático nació en crisis, vive en crisis y así continuará, sólo para poder seguir siendo democrático.
No vivimos y es probable que nunca el mundo llegue a vivir un sistema idealmente estético de equilibrios. Debemos aceptar el juego de las asimetrías, que no son otra cosa que el resultado de la contingente condición humana, pero sobre todo de la naturaleza misma del poder, que llega siempre con su bagaje de conflictos. Las asimetrías se producen en ocasiones por la búsqueda de nuevas fronteras políticas; por la caída de lo caduco, pero también por el regreso a viejos modelos, reeditados con carátula renovadora, que oculta la fea cara de nuevos autoritarismos o nuevas dictaduras.
En los regímenes autoritarios o teocráticos, las asimetrías existen pero generalmente no aparecen; y cuando aparecen son sometidas desde el omnímodo poder. Nadie debe atreverse a impugnar la suprema autoridad del jefe. El jefe es la ley y, cuando ésta le incomoda, simplemente la viola, o la hace desaparecer y no pasa nada. En este caso, la democracia es inexistente o se encuentra secuestrada, y la política se identifica con el jefe político.
Es muy cierto que en los regímenes democráticos la política es frecuentemente trivializada, manipulada o hasta corrompida y puede terminar, por la tentación que supone vivir en un orden y un bienestar dictado desde lo alto, en dictadura. Para evitar esto, es preciso devolverle a lo político su necesidad y su dignidad.
Hablo con toda intención de LO político, para distinguirlo de LA política como se entiende hoy en México y otras partes del mundo. En lengua francesa, la distinción se hace sobre la marcha, porque se usa en masculino -LE POLITIQUE-, para referirse a esa actividad que es la expresión del quehacer más noble del ser humano al servicio de los demás. En este caso, lo político (traducción más cercana a su sentido) es un medio, un instrumento, el mejor, para lograr el bien común.
LA POLITIQUE, por el contrario, es la expresión que en francés designa un conjunto de recetas, de maniobras, de argucias, de trampas y de combinaciones que son identificadas por los ciudadanos, la mayor parte de las veces de manera peyorativa, porque se refiere a esa especie de maldición que pesa sobre la política y los políticos, como el ejercicio de una actividad degradada y por lo mismo degradante.
Negar que la actividad política incluye muchas veces el género de prácticas como las descritas anteriormente y otras más, sería pecar de ingenuidad, pero reducir lo político (cosa muy gustada por los medios masivos) a “se salir les mains” (disposición para ensuciarse las manos), constituye una forma perniciosa de atentar contra la democracia, por la ignorancia o la resistencia a hacer la distinción entre la política y la “politiquería” –que sería la mejor manera de traducir la politique.
A decir verdad, mucho de lo que denuncian los medios de información tiene sustento, pero ellos son corresponsables cuando atienden sólo a sus intereses económicos y de poder. En efecto, tal parece que la pasión por LO político está declinando, para dejar su lugar a la miseria del pragmatismo. No todo pragmatismo es miserable, ciertamente, pero me refiero a ese que desdeña las ideas profundas y las propuestas inteligentes, con el argumento de que los ciudadanos no entienden sino las imágenes atractivas, las palabras estridentes y los “slogans” de campaña (el “homo videns”).
Estamos viviendo una era del vacío, de la vacancia de ideas y de propuestas políticas. La inteligencia no está de moda, es cierto, pero esto no es culpa del sistema democrático. ¿Los ciudadanos se ausentan de las urnas por falta de propuestas atractivas y viables, o porque llegan a creer que “todos son iguales” (en vaciedad y corrupción), como se empeñan en decir los medios, yen demostrar contumazmente muchos políticos?
El hecho doloroso pero indiscutible, es que los ciudadanos se han replegado sobre egoísmos de grupo o individuales y se rehúsan a integrarse en una comunidad solidaria y a participar en un ideal colectivo –salvo honrosas excepciones-, en una especie de “huelga de las urnas”.
En este orden de ideas, debemos preguntarnos: ¿Son los ciudadanos los que obligan a los partidos a abaratar el mensaje político? ¿Son los medios quienes venden un producto barato, porque desprecian la inteligencia de los ciudadanos? ¿Son los partidos los que han caído en la trampa de una democracia convertida en un mercado de votos?
La política así concebida sólo aspira a ser instrumento de intereses personales o de grupo, que no representan los intereses ni las necesidades sociales. Los medios se nutren de esa miseria, porque lo contrario no sería noticia. Esto se traduce no ya en una simple asimetría entre la opinión pública y la opinión publicada, sino en una paradoja alucinante: los medios necesitan de los políticos para ganar dinero, y los políticos de los medios para ganar elecciones.
Este es uno de los grandes temas de la democracia contemporánea. La política electoral se ha convertido en un espectáculo, en detrimento de la formación civilizadora de la democracia. En el escenario mediático, cada quien hace su juego para ganar poder “a como dé lugar”, lo que redunda en un grave deterioro de la representación política, tanto como de la calidad moral de los medios, cuya credibilidad no sólo es factor de utilidad financiera sino de supervivencia. Este deterioro nos puede llevar al “grado cero” de la política, que sería, al mismo tiempo, el “grado cero” de la democracia. En este escenario, que no es poco probable dadas las circunstancias, no estaríamos hablando de “crisis” de la política o de la democracia, sino de su destrucción.
La perversión de la naturaleza de lo político y de la democracia, nos llevaría a contemplar, con horror, una victoria aplastante de los medios sobre la “odiada” política, al mismo tiempo que a la inevitable derrota de los mismos, por lo menos como instrumentos indispensables para la vida democrática. Lo que ni los políticos ni los medios han calculado, es que la perversa simbiosis en la que viven acabará por destruirlos a ambos. Sería tanto como tirar el niño con la bañera “Yo soy yo y mis circunstancias”, afirma Ortega y Gasset, pero añade: “si no las salvo a ellas, no me salvo yo”.
¿Cuál es entonces la especificidad de lo político? No me atrevo, en tan corto espacio, a responder con la suficiente amplitud y claridad, pero me parece que lo político sigue siendo el asiento de una actividad autónoma, que obedece a sus leyes y a sus fines propios, y que no puede ni debe ser confundida con ninguna otra categoría de la actividad social. Si fuera de otra manera, el debate sobre la ética política no tendría objeto. Más aún, el reconocimiento de la autonomía y de la especificidad de lo político, no implica que lo político sea un fin en sí mismo, a pesar de que constituye el quehacer más digno y noble al que los seres humanos se pueden entregar por el bien común.
La política es esencial para el desarrollo integral del ser humano y de la sociedad. Una sociedad que la desestima se pone en peligro. Es importante repensarla y rehabilitarla en todos sus campos de acción (educación, familia, economía, medio ambiente, salud, cultura, seguridad social, justicia, etc.), para hacer de la vida cotidiana de los ciudadanos una construcción incesante de su realización material y espiritual.
“La acción política entraña un fantástico desafío: tender hacia una sociedad, en la cual cada ser humano reconozca en cualquier otro ser humano a su hermano, y sea capaz de tratarlo como tal” (2).
Por Salvador Abascal Carranza.
1) Morin, Edgar. “Les idées”. Paris. Seuil, 2002
2) Lourdes, 1972. “Pour une pratique chrétienne de la politique”.
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