A estas alturas, cuando ya no es políticamente correcto echarle la culpa a Estados Unidos de nuestro atraso y con ejemplos exitosos como Corea del Sur, España e Irlanda -países que eran más pobres que México hace 40 años- y con el surgimiento de China e India como potencias industriales y de servicios, no cabe duda de que nuestro subdesarrollo se debe, en gran medida, a la baja productividad y competitividad de nuestros trabajadores y empresas, lo cual a su vez tiene su origen en el bajo rendimiento de los estudiantes mexicanos. Veamos.
A pesar de los avances en materia de cobertura e inversión educativas, cuatro factores inciden en el bajo nivel educativo de los niños mexicanos. Primero, la falta de planeación que ha impedido que el sistema educativo se adecue a los cambios demográficos del país, lo cual se refleja en una distribución ineficiente de los maestros de enseñanza básica: faltan en preescolar, empiezan a sobrar en primarias urbanas, faltan en comunidades rurales y sobran en secundaria debido a la alta deserción. Segundo, muchos maestros están poco capacitados, sobre todo a nivel secundaria, donde imparten materias que no les corresponden. Tercero, los altos niveles de deserción escolar, que se explican por la pobreza de las familias. Cuarto, los niños pasan en promedio 2 mil horas al año pegados al televisor y no leen. Por todas estas razones, no sorprende que los niños mexicanos reprueben estándares internacionales de lectura, matemáticas, ciencias y resolución de problemas (véase PISA 2003, OCDE). Sólo el 32 por ciento termina preparatoria, 3.2 por ciento termina una carrera técnica y un ínfimo porcentaje concluye una carrera universitaria. Por si esto fuera poco, los mexicanos con altos niveles de escolaridad se van a Estados Unidos y a Canadá en números cada vez mayores, huyendo de la delincuencia, los bajos salarios y la falta de oportunidades laborales.
El conocimiento: ventaja competitiva
El bajo nivel de los estudiantes mexicanos, los sueldos bajos y la falta de inversión privada y gubernamental en recursos humanos, investigación y desarrollo tienen como resultado natural empleos de mala calidad. El estancamiento del empleo ha provocado que muchos mexicanos se dediquen a dos actividades poco productivas: una son las tienditas de abarrotes, cuyo número de empleados se cuadruplicó entre 1998 y 2003 (diario Reforma con datos de Censos Económicos 1998 y 2004) y la otra es el comercio informal, que en 2004 sumaba más de tres y medio millones de personas (INEGI). Si bien se trata de empleos que pueden cubrir las necesidades básicas de una familia, tienen poco valor agregado y no contribuyen al desarrollo del país. Únicamente el 20 por ciento de la población económicamente activa ha recibido capacitación laboral alguna vez (Encuesta Nacional de Educación, Capacitación y Empleo, 2004). La ausencia de un seguro de desempleo -que explica por qué la tasa de desempleo abierta es tan baja, menor al 5 por ciento- obliga a las personas a ocuparse rápidamente de lo que sea, en lugar de tomarse un tiempo para capacitarse, encontrar un empleo mejor remunerado o uno más acorde con sus capacidades (50 preguntas y respuestas sobre la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo 2005, INEGI). El panorama en materia de investigación es desolador. A pesar de que México cuenta con académicos e investigadores de primer orden, la escasa vinculación entre la academia, las empresas y el gobierno impide que se aprovechen las ideas de los centros de investigación. Además, México ocupa el último lugar en inversión en ciencia y tecnología entre los países de la OCDE. Por si esto fuera poco, México se considera un país poco competitivo aun dentro de América Latina, región de por sí rezagada, debido a la baja calidad de nuestras instituciones, la poca sofisticación de nuestros negocios y la falta de innovación (Foro Económico Mundial, Brasil 2006). Seguimos ignorando la ventaja competitiva que da el conocimiento, creyendo que una mano de obra barata es suficiente, a pesar de que el éxito de países como China se basa en la combinación de ambos factores.
Los indicadores no mienten. A la hora de planear e invertir, México demuestra que piensa y decide con la cabeza puesta en la dependencia y el subdesarrollo. Nuestras dos principales fuentes de ingresos, las remesas y el petróleo, no tienen nada que ver con nuestro talento y son muestra de lo mediocre de nuestras aspiraciones. Hace falta una reforma educativa a fondo que fomente la creatividad y la resolución de problemas y una planeación y administración adecuada de los recursos que se destinan a educar y capacitar a los mexicanos de todas las edades. Sólo así se podrá empezar a hablar de independencia nacional.
Por: Lisa Antillón Kantrowitz