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El lado humano de la participación ciudadana Imprimir E-Mail
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27.02.07- México es un país con índices muy bajos en lo que a participación ciudadana se refiere. De acuerdo a un estudio encabezado por Federico Reyes Heroles,

el 85% de los mexicanos no participa en ninguna asociación de tipo política o social, en comparación con el promedio de participación social de la Unión Europea, donde el 31% de la población participa en asociaciones, o países como Irlanda donde el porcentaje se eleva al 48%, al igual que España con más del 40 por ciento.

Es extraño encontrar esta apatía ya que el hombre es el causante y el beneficiario de la participación ciudadana. Pero no cobra sentido hasta que encaja un componente fundamental, la SOLIDARIDAD.

La solidaridad es un principio fundamental de la doctrina social cristiana pero es también una virtud humana que puede tener cualquier persona, independientemente de la religión, que lo lleva a actuar sensiblemente hacia los demás, principalmente los que sufren.

La solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas, es más bien –en palabras de Karol Woyjtilla– “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”.

Puede pensarse que la solidaridad sólo se vive en momentos determinados de nuestras vidas, sin embargo, es una actitud constante que debemos de tener para cooperar con nuestros semejantes y estar unidos como sociedad. Sin solidaridad no hay cohesión social. Esta virtud está encaminada a servir a los demás, a preocuparse por los demás, a tomar el problema en nuestras manos.

mano2-100.jpgPiensa hasta dónde haz puesto los problemas de México en tus manos. ¿Qué tanto te afecta la apatía social de los políticos? ¿Por qué hay tantas personas que no pagan impuestos? ¿Qué haces tú en tu círculo cercano para trabajar por México?

La participación ciudadana no significa lucirse en público, encabezar organizaciones políticas, ni siquiera ser representante popular. Es más bien, buscar el bien común a través de las estructuras sociales dentro del quehacer cotidiano de cada ciudadano y asumir con responsabilidad sus propios actos, sabiendo que somos parte de una comunidad en la que nadie es independiente de nadie.

Sin embargo, seguimos viviendo en una ideología del individualismo radical, basada en una ética de reglas, no de bienes y virtudes. El individualismo –dice Alejandro Llano– clausura a cada persona en sí misma e impide tejer con los demás proyectos solidarios1. Para esto surge el humanismo cívico, para transformar la sociedad egoísta a una sociedad solidaria, donde el centro de la actividad política es el hombre. Esto se logra a través de las comunidades para fomentar una idea de participación activa en la vida pública.

paloma.jpgEl humanismo cívico tiene sus orígenes en el pensamiento aristotélico de la ciudad como una comunidad de casas y familias para vivir bien con el fin de una vida perfecta. Bajo la condición humana donde el fin de la comunidad política son las buenas acciones y no la convivencia política. En este sentido la “vida buena” se refiere a las actividades más altas del ser humano, es decir buscar lo bueno en vez de lo correcto. Es así como se logra la virtud ciudadana.

El humanismo cívico viene a romper con la interpretación individualista y liberal de la democracia, que sin duda es el mejor modelo para poner como centro al hombre en el quehacer político. “La idea básica del humanismo cívico es reconocer la dignidad de la persona humana, pensada de manera que se dificulte su manipulación ideológica o utilización mercantil”.


Por: Federico González Watty

 
 
 

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