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04.12.06- Entre las múltiples consecuencias deplorables de la Segunda Guerra Mundial, hay una que ha producido, quizá, una de las mayores tragedias en la historia de la humanidad. Consiste en haber fracturado distintas expresiones y manifestaciones de unidades morales que hasta entonces se habían considerado inmutables y que nadie había puesto en duda.
Destaca, entre ellas, el trinomio fundamental de la cultura “occidental”, que hoy ya no acepta se le denomine “cristiana”, expresado en que “la sexualidad, el matrimonio indisoluble y la procreación” integraban un todo en el que las partes se correspondían perfectamente.
En este mundo “occidental”, principalmente en Europa y en Estados Unidos de Norte América, en donde los modelos de pensamiento y de acción luego se imponen en casi todas partes (a los que recientemente el ideólogo globalifóbico Ignacio Ramonet ha calificado como “el pensamiento único”, para después buscar oponerle en términos dialécticos el “pensamiento crítico”) se desarrolló la idea de que sólo el dinero y la acumulación de riqueza están por encima de cualquier otro aspecto de la vida, al extremo de que la inmensa comunidad China, hasta hace poco esclavizada por el maoísmo, pretende estar ahora en un proceso de “liberación”, en una frenética cabalgata por este problemático sendero.
Desarrollándose así las cosas, cualquier otra consideración de orden moral resulta extraña y ajena, no sólo a los modos de comportamiento, sino a un esquema básico de pensamiento. Surge así, en consecuencia, una especie de “permisivismo” que impide que la lectura normal de lo que señala el corazón humano como bueno y como malo y constituye siempre la base de una cultura que acepta la naturaleza de las cosas y de las personas como su referente fundamental, no pueda expresarse vigorosamente.
Primero, se ha destruido el vínculo entre “sexualidad y matrimonio indisoluble”. Hace mucho tiempo que la facilidad para “divorciarse” es de lo más “usual” y, más recientemente la ruptura entre “sexualidad y procreación” se ha establecido con la tremenda paradoja producida por el sentido invertido de la aberrante “procreación sin sexualidad”. Los últimos años se han venido desarrollando múltiples experimentos de “tecnología médica” -valga la expresión- en los que precisamente, la procreación es independiente de la sexualidad. Esta manipulación biológica va por el camino de desarraigar al hombre de la naturaleza; se intenta transformarlo y manipularlo como se hace con cualquier “cosa”, como si fuera un producto más, planificado a voluntad tecnológicamente.
Las primeras consecuencias ya se empiezan a vivir porque ha surgido una “lógica” que destrozó las conexiones fundamentales y naturales de la continuidad de la especie humana, con una sexualidad sin vínculos con el matrimonio y la procreación. Ha sido rota también la concepción de la unidad de la “dignidad humana”, que siempre es consecuencia de haber sido hechos a “imagen y semejanza de Dios” y de los “derechos humanos” auténticos, que se derivan de esa dignidad. Por eso, hoy surgen las exigencias de trasformación en “derechos”, que deberán ser reconocidos por las “leyes positivas” para cualquier expresión de sexualidad. La fecundidad ha dejado de ser una “bendición” como la consideraron todas las culturas hasta la fecha y, por eso, se convierte en una “maldición” y una “amenaza” a la “libre satisfacción y felicidad del individuo”.
Por lo mismo, hoy se plantea la “exigencia” de que el aborto provocado sea libre, gratuito y socialmente garantizado y se transforme en un “derecho” en casi todas las naciones, de la misma manera que ya se logra establecer el “libre cambio de sexo”, con sólo pedir el registro ante las autoridades judiciales correspondientes, como ya está ocurriendo en España.
En el marco de la reflexión anterior, no resulta extraño que hace unos días se haya relanzado y aprobado, en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, el proyecto que Andrés López había “congelado” por el temor de que le produjera una reacción contraria a su candidatura presidencial (que entonces estaba en construcción) por parte de múltiples instituciones (que él considera deben “irse al diablo”) entre las que destacan Colegios Profesionales, Asociaciones de Padres de Familia y la Iglesia Católica. Estas “fracturas morales” traen como lógica consecuencia las “rupturas culturales” (cultura de la muerte vs cultura de la vida) que abonan a la desgracia de las actuales “rupturas políticas” en un proceso que dificulta cada vez más la construcción de la gobernabilidad y la reconciliación de las que está urgida la nación mexicana.
No es casual que se haya producido en estas circunstancias el relanzamiento del proyecto de las llamadas “sociedades de convivencia”, que vienen así a ser un elemento más en el clima ya de suyo crispado por los focos de violencia de las “cadenas corruptivas”, como se manifiesta en Oaxaca, la reaparición de actos de violencia terrorista en la Ciudad de México y el desbordamiento de las confrontaciones de la delincuencia organizada, principalmente del narcotráfico, en la lucha por el control de las “redes del narcomenudeo”.
por Federico Müggenburg
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